Carpe diem

“Vive cada momento de tu vida como si fuese el último”, decía Horacio antes de que naciera Jesucristo, se entregaran los primeros títulos de Psicología y se programaran las vacaciones a un año vista, o diez. El poeta, amigo de César Augusto, tenía muy claro que había que aprovechar cada soplo de vida antes de que ésta dejara de serlo.

Quería que la gente “tomara el día” antes de que pasara y lo proyectado se esfumara. Si le hiciéramos caso a Horacio tal vez seríamos más felices. Dejaríamos de planear un futuro que está por llegar, y que tal vez nunca llegue, y viviríamos cada día sin pensar en el siguiente. ¿Se lo imaginan?

Para muchos el fin de semana pasado ha sido el último de las vacaciones anuales. Unos días de asueto programados con antelación y que se han consumido como una vela, sin posibilidad de retorno, a no ser que se ponga otra. Si todos los que han vuelto a lo cotidiano hicieran balance de lo vivido en playas, montaña, piscinas urbanas y pueblos, podríamos construir un gran mosaico de frustraciones. Sí, frustraciones. Y lo digo sin ánimo de ser agorero ni brujo. Hago este apunte con la única herramienta de los sentidos. Oigo lamentos, veo caras de amargura, huelo el malhumor y detecto la necesidad de cada post-vacacional de pensar en las próximas, de amarrarse a los puentes de un calendario complaciente y de iniciar un período de abstinencia para comprometer dineros en un futuro que no ha llegado, pero que les produce un estado de felicidad encapsulada con la etiqueta de una fecha deseada, aún invisible.

Vivir para el futuro. Una aventura caprichosa en manos del destino. Añorar y desear volver a existir en el mismo escenario. Y así hasta el fin de la existencia. Triste. Pero qué le vamos a hacer si uno se quiere amarrar a la viga enjabonada del tiempo programado del descanso. Si siguiéramos los consejos de Horacio buscaríamos cada recodo de nuestro espacio para oler romeros y lluvias de otoño. Para mirar fijamente a las estrellas, aunque sea desde la ventana de nuestra casa. Disfrutar con cada cambio de luz; desde el amanecer hasta antes de acostarnos. Experimentar el recorrido de las estaciones y pensar que cada día puede ser distinto si queremos que lo sea.

Tenemos tan incrustado el concepto de las vacaciones que nos resulta difícil liberarnos de la manipulación a la que nos dejamos someter. Tal vez el Carpe Diem sea la solución.

Publicado en elmundo.es el 2 de Septiembre de 2014

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